El golpeado futuro de Chile

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Nación, Domingo 27 de Mayo de 2007

Desde un coscorrón hasta apuntar a un niño con una pistola, todo es violencia.

Los casos ocurridos esta semana vuelven a prender la alarma sobre una realidad cruel y silenciosa. Se estima que tres de cada cuatro niños chilenos crecen en medio de garabatos, golpes y patadas que reciben de quienes deberían protegerlos.

Pepe tiene cinco años, vive en un campamento con su mamá, sus dos hermanas y papá. Todas las noches su padre llega borracho a golpearlos y la madre sale corriendo con sus hijos, a esconderse a la casa de algún vecino.

Javiera tenía siete años cuando su papá, Alfredo Cabrera, la lanzó desde un séptimo piso y la mató en diciembre de 2005. El lunes recién pasado lo condenaron a cadena perpetua. El último infanticidio que conmovió al país fue el de Óscar Sánchez, que a sus tres años fue quemado con una plancha, y golpeado con pies y puños por sus padres. Murió el martes en la noche.

En Chile, más del 75% de los niños sufren algún tipo de violencia, según una encuesta hecha por el Unicef, el organismo de la ONU para la infancia, el año pasado. Cifras más exactas que ésas no existen, porque el silencio envuelve estos hechos. “Hay pocos casos en que los niños denuncien a sus padres, y depende de la edad de los afectados.

Ellos dependen económica y emocionalmente de sus papás, a veces les tienen mucho temor, eso dificulta que ellos hagan la denuncia, y por eso es tan importante la acción de terceros, de profesionales que toman contacto con los niños”, explica Soledad Larraín, sicóloga del Unicef.

La directora del Sename, Paulina Fernández, concuerda con Larraín. “El maltrato se puede detectar tanto mediante indicadores físicos [lesiones] como por indicadores emocionales y conductuales, como angustia, depresión, miedo, alteraciones del sueño, retraimiento, fugas del hogar o faltar a clases”, explica.

En un plebiscito que hizo el Sename el año pasado, 49 mil niños, de entre 8 y 16 años, votaron para determinar qué derechos son los que más y los que menos se les respetan.

Los resultados fueron preocupantes: el derecho a ser bien tratado física y sicológicamente quedó en el tercer lugar entre los menos respetados, después de los derechos a ser escuchados y a vivir en un medio ambiente limpio y sin contaminación.

Soledad Larraín explica que este tipo de maltrato es reflejo de una sociedad violenta. “Cuando existe una sociedad que acepta la violencia como forma de relación, cuando la propia persona ha recibido maltrato y exclusión, cuando no existen patrones de protección o cuidado, se debilitan los controles personales y sociales.

Si una familia está en un entorno violento, sin redes sociales, con precariedad económica y con falta de apoyo institucional, hay mayores probabilidades de manifestaciones violentas. Sin embargo, es importante señalar que la violencia se da en todos los niveles sociales”, especifica.

Lo más grave de todo es la espiral de violencia: si un niño fue maltratado es probable que cuando crezca también maltrate. Por eso, un proceso de reparación personal y social es de gran ayuda. “Es importante acoger al niño maltratado y entender las causas de su comportamiento, evitando volver a agredirlo.

Por ejemplo, un niño maltratado puede ser agresivo con sus pares, y frente a eso la respuesta del adulto no puede ser el castigo y la violencia. Hay que escucharlo, darle confianza y mostrarle otra forma de relación, sin violencia”, concluye

Larraín. LND

El riesgo de maltratar

¿Quién puede ser capaz de agredir a su propio hijo? Es la pregunta que se hicieron muchos al ver el caso de José Bahamondes, el padre que asesinó a su hijo de sólo tres años. La sicóloga Soledad Larraín dice que no hay una motivación específica: “Se conjugan factores personales, del entorno familiar y social.

Frecuentemente se asocia con embarazos no deseados, una experiencia personal de maltrato, ingestión de alcohol o drogas, serios conflictos familiares y conceptos sobre la violencia como una forma de educación.

En los que han matado a sus hijos es frecuente encontrar personas muy violentas, falta de tolerancia a la frustración, personalidades narcisistas”. El Sename dice que no hay un perfil único del agresor, aunque cerca del 80% son familiares y se pueden determinar ciertos factores de riesgo:

• Violencia intrafamiliar.

• Pareja adolescente que se encuentra en una crisis relacional y/o bajo estrés laboral.

• Validación de la violencia física como método de control conductual.

• Baja tolerancia a la frustración.

• Personas inmaduras emocionalmente, inseguras.

• Presencia de violencia transgeneracional.

• Carencia afectiva y red de apoyo social deficiente.

• Sentimientos de inoperancia, baja autoestima, percepción de un vivir en el tormento y preocupación.

• Cuestionamiento acerca de la paternidad del niño que maltrata.

• Ser maltratado en su infancia.

• Ingesta de drogas y/o alcohol.

Fatales consecuencias

Un niño maltratado puede sufrir serios daños físicos debido a los golpes, pero también daños sicológicos, que no dejan señales en su cuerpo pero son quizás más difíciles de curar. “El maltrato afecta fundamentalmente la relación de apego, la autoestima, la forma de relación entre los niños y el mundo adulto.

Genera desconfianza, inseguridad, dificultad en el contacto, conductas agresivas o bien de una gran pasividad”, explica la sicóloga Soledad Larraín.

Algunas secuelas numeradas por la Unicef son:

• Abuso de alcohol y otras drogas.

• Disminución de la capacidad cognoscitiva.

• Comportamientos delictivos, violentos y de otros tipos que implican riesgos.

• Depresión y ansiedad.

• Retraso del desarrollo.

• Trastornos de la alimentación y el sueño.

• Sentimientos de vergüenza y culpa.

• Hiperactividad.

• Incapacidad para relacionarse.

• Desempeño escolar deficiente.

• Falta de autoestima.

• Trastorno postraumático por estrés.

• Trastornos sicosomáticos.

• Comportamiento suicida y daño autoinfligido.

Copyright © 2005, Empresa Periodística La Nación S.A.

Imagen: slideshare.net

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