El alucinógeno africano que podría salvar a los adictos

El principal problema de la droga es que las pruebas cuestan millones de dólares y no tiene mucho potencial para generar ganancias, ya que a diferencia de los tratamientos convencionales se toma sólo una vez.

por BBC Mundo

Desde la década de los años sesenta, científicos y exdrogadictos se han mostrado a favor de untratamiento radical para combatir la adicción. Se trata de un alucinógeno llamado ibogaína, derivado de una planta africana, que en algunos casos ayuda a los adictos a superar el síndrome de abstinencia provocado por la falta de heroína, cocaína y alcohol.

Anwar Jeewa, especialista de un centro de rehabilitación en la zona, ha suministrado este tratamiento a cerca de 1.000 pacientes. No obstante, esta forma de curar la adicción es ignorada por los médicos tradicionales.

La droga, que se toma de la raíz de una planta africana llamada Iboga, fue usada durante siglos por los indígenas Bwiti de Gabón y Camerún,como parte de un rito de iniciación.

Pero no fue sino hasta 1962 -cuando un joven adicto a la heroína llamado Howard Lotsof se topó con la droga- que se descubrió su valor en el tratamiento de las adicciones.

Lotsof la tomó para drogarse pero cuando su efecto se pasó, notó que ya no sentía la urgencia de inyectarse heroína. Después de este episodio Lotsof dedicó gran parte de su vida a promover el tratamiento con ibogaína.

Uno de los problemas es que las pruebas cuestan millones de dólares, y el dinero proviene generalmente de las grandes compañías farmacéuticas. El caso es que la ibogaína no tiene mucho potencial para generar ganancias: a diferencia de los tratamientos convencionales se la toma sólo una vez.

Además, las farmacéuticas hacen dinero patentando nuevas sustancias químicas y la ibogaína es una sustancia natural, por lo tanto es difícil lograr una patente.

Licencia

Hasta donde se sabe, la ibogaína afecta el cerebro de dos formas. Por un lado, crea una proteína que bloquea los receptores en el cerebro que generan la necesidad de la droga, evitando que la persona experimente los síntomas que provoca la abstinencia.

El otro efecto -del que se sabe menos- es que parece inspirar en el adicto un estado de ensueño y de intensa introspección, lo cual le permite confrontar los problemas de su vida que intentaba ignorar con el uso de drogas o alcohol.

La campaña inicial de Lotsof no tuvo éxito y en 1967 Estados Unidos prohibió la ibogaína junto con el LSD y la psilocibina. Incluso en la mayoría de los países no está regulada ni tiene licencia.

En los años 80, Lotsof abrió una clínica en Holanda y desde entonces se han abierto establecimientos similares en Canadá, México y Sudáfrica.

No hay curas milagrosas

Como cualquier droga, la ibogaína no está exenta de riesgos. Se sabe que disminuye el ritmo cardíaco y cuando se les suministró dosis altas a ratones, se vio que les dañaba el cerebelo (una parte del cerebro asociado a la función motora). Hasta el momento se sabe de 10 muertes vinculadas a la ibogaína y a su uso no regulado. 

Stanley Glick, un científico que investigó el efecto de la ibogaína en ratas, señaló que la droga “está demasiado asociada con la política.Para cuando todo el mundo empezó a saber de qué se trataba, ya existía un gran escepticismo porque no era algo que provenía del programa de desarrollo de fármacos”.

Lo que hace falta es un estudio en el cual un grupo de adictos tome una dosis estándar de la droga y otro un placebo, y que ambos grupos completen un tratamiento de desintoxicación de doce pasos, dice. Pero eso puede llegar a costar US$2.370 millones.

Los médicos como Jeewa quieren que se le otorgue una licencia a la droga, pero aclara que es crucial que la gente comprenda los límites que tiene. “Una vez que el paciente está limpio de drogas y su cerebro está funcionando correctamente lo puedes ayudar a cambiar su estilo de vida”, opina.

“La ibogaína contribuye a interrumpir la adicción, pero no es una cura mágica”, aclara. “Tiene que ser tomada en el contexto adecuado y el tratamiento debe continuar con atención psicosocial”.

Fuente: latercera.com