La piel que habitamos: así surgieron los morenos, los pálidos… y el racismo

Una antropóloga de EE.UU. recopila 10 años de estudios que muestran cómo tanto las tonalidades más oscuras y las claras evolucionaron con un fin esencial: la supervivencia. Nina Jablonski también describe los primeros atisbos de la discriminación.

por Marcelo Córdova / Ilustración: Rafael Edwards

ES EL ORGANO más grande de nuestro cuerpo: en un adulto pesa 3,6 kg y cubre hasta dos metros cuadrados. También es altamente polifuncional, ya que no solo nos protege contra las temperaturas extremas, sino que exuda sustancias antibacteriales que previenen infecciones y elabora la vitamina D necesaria para procesar el calcio y tener huesos sanos. Durante las últimas décadas, el conocimiento que se ha logrado sobre la piel es extenso y sigue ampliándose. Pero, en todo este tiempo, ha habido algo que permanece como un enigma: la manera y el momento en que surgieron las diferentes tonalidades.

Hace 10 años, Nina Jablonski, profesora de antropología de la U. Penn State (EE.UU.), se propuso encontrar una respuesta y recopilar todos los estudios existentes sobre los orígenes de esta diferenciación y también la forma en que las tonalidades de piel dieron origen a los primeros antecedentes de discriminación. En su nuevo libro Color vivo: el significado biológico y social del color de piel, la investigadora muestra que tanto las pieles más morenas como las más pálidas surgieron ante necesidades ligadas a la supervivencia de la especie, a medida que se propagó por Africa y luego por Europa.

El texto muestra que la coloración humana no es inmutable y que si nos remontamos 100 o 200 generaciones -unos 2.500 años- es muy posible que un habitante de la zona nórdica de Europa tenga un antepasado con un color de piel similar a la que exhiben los africanos. O que un latino de tez más oscura ostente en su árbol genealógico a un pálido nativo del norte de Europa. De hecho, a lo largo de la historia muchas poblaciones pasaron de tener piel más oscura a más clara y a la inversa: es el caso de las personas de piel oscura del sur de India, cuyos antepasados vivían mucho más al norte y al migrar experimentaron una repigmentación de su tez.

Esto, dice la experta, muestra que el concepto de razas superiores basado en colores de piel es solo una construcción social sin bases científicas. “Todos desean saber por qué tienen el color de piel que tienen. Entender que esta tonalidad evolucionó en relación directa con los ambientes solares en que se desenvolvieron nuestros ancestros hace que mucha gente se sienta aliviada, ya que no es un estigma social sino que algo que se modificó por razones biológicas”, dice Jablonski a La Tercera.

Misión: supervivencia

Uno de los primeros estudios de la investigadora fue hecho junto a su esposo George Chaplin, experto en sistemas de información geográfica y con quien elaboró una teoría sobre los cambios de la piel. Así establecieron una correlación entre el color de la tez y la intensidad de los rayos solares: al usar mediciones de la Nasa y datos de coloración de piel de poblaciones indígenas de más de 50 países establecieron que mientras más débil era la luz ultravioleta, más pálida era la piel.

Los científicos también mostraron que las personas que viven sobre los 50 grados de latitud -abarcando países como Noruega y Rusia- tienen el más alto riesgo de deficiencia de vitamina D, debido a la poca exposición a la luz solar. Este último factor fue una de las últimas barreras de la expansión humana: solo cuando aprendimos a pescar y accedimos a comida rica en vitamina D, pudimos establecernos en esas regiones.

Los cambios partieron hace unos 4,5 millones de años, cuando los primeros antepasados humanos se desplazaron desde la selva hacia la sabana del este de Afri-ca. Esto los obligó a exponerse al sol, pero el problema era que el cerebro mamífero era muy propenso a sobrecalentarse. La solución fue perder el pelaje y desarrollar tanto la capacidad de sudar para disipar el calor como una molécula que actúa como una especie de persiana y que en diferentes concentraciones vuelve la piel más oscura o más pálida: la melatonina.

Los primeros humanos presentaban altos niveles de esta sustancia en respuesta a los potentes rayos ultravioleta-A existentes cerca del Ecuador y que se asocian al cáncer. Sin embargo, este rol protector ejercía una labor más de fondo: estudios analizados por Jablonski muestran que al dispersar los rayos ultravioleta el pigmento evita la destrucción del folato, vitamina fundamental en la elaboración de ADN, la producción de esperma masculina y la precisa división celular de los embriones en su gestación.

Incluso, una hora de rayos solares basta para reducir en 50% los folatos si la piel es pálida, mientras niveles bajos de esta vitamina se ligan a defectos de nacimiento como la espina bífida. Jablonski tenía antecedentes directamente ligados a la supervivencia para explicar el surgimiento de la piel oscura, pero si esta tonalidad era tan útil, ¿por qué apareció la tez más clara?

Hace 80.000 años los humanos se propagaron a Asia y luego a Europa, zonas mucho menos soleadas. Los altos niveles de melatonina ya no eran tan necesarios y surgieron mutaciones genéticas que hicieron aparecer la piel más pálida, una coloración que también ayudó a los humanos a reproducirse.

“La depigmentación involucró mutaciones en más de un gen, así que no ocurrió repentinamente, sino a lo largo de varios miles de años. La primera fase de aclaramiento de la piel en el norte de Europa ocurrió probablemente hace más de 30.000 años y parece haberse completado unos 8.000 años atrás”, dice Jablonski. Si bien el exceso de rayos ultravioleta es dañino, pequeñas dosis son necesarias para elaborar vitamina D en la piel: al mudarse más al norte los humanos perdieron pigmento con el fin de que su piel absorbiera los pocos rayos disponibles y pudiera fabricar este elemento.

Así, por ejemplo, las mujeres lograron tener hijos de huesos fuertes que sobrevivían en zonas más frías. “Estudios con vitamina D muestran que también preserva la salud del sistema inmune. La gente con deficiencia crónica es más susceptible a males infecciosos, como el resfrío y la tuberculosis, y ciertos tipos de cáncer”, explica Jablonski.

Los inicios del racismo

En el libro se relata cómo las relaciones entre los antiguos pueblos del Nilo y el Mediterráneo estaban determinadas por diferencias en cultura y lenguaje, no por la piel: los esclavos existían, pero eran prisioneros de guerra y no personas consideradas inferiores por su tez. Recién en la Edad Media se sentaron las bases del racismo: los viajes marítimos era más veloces y cotidianos, permitiendo que la gente entrara en contacto con otras personas de forma abrupta. Debido a que los europeos buscaban riquezas, justificaban los saqueos calificando a los nativos de forma peyorativa.

La primera taxonomía científica de los humanos fue otro paso en esa senda: publicada por el zoólogo suizo Carl Linnaeus en 1758, dividía a los humanos en cuatro variedades según su piel y continente. Esta clasificación fue actualizada en 1785 por el filósofo alemán Immanuel Kant, quien estableció una tipología que según él era inmutable: los europeos estaban en la cima y los “indios amarillos” tenían escasos talentos, mientras los “negros” se hallaban mucho más abajo y los “americanos” se encontraban en el fondo.

Para Kant y otros teóricos, esta fórmula implicaba que las razas más pálidas eran superiores y que las más oscuras eran inferiores y estaban destinadas a servir. Debido al estatus de Kant, sus escritos circularon masivamente entre una audiencia incauta que en su mayor parte nunca había visto a personas de tez más oscura. Así se asentó la semilla del racismo. “Durante gran parte de la historia humana, el color de piel solo ligaba a las personas a un lugar de origen. Solo durante los últimos 350 años se asoció a un concepto de mayor o menor valor social”, explica Jablonski.

Fuente: latercera.com