Cómo esta democracia es incompatible con la libertad

Nelson Paz y Miño

Cuando se habla de democracia posiblemente la cita más famosa sobre la misma es la que pronunció Winston Churchill:”La democracia es el menos malo de los sistemas políticos. “ pero esta debe complementarse con otra de su misma autoría: “El mejor argumento en contra de la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio.”

En estos días el descontento popular se expresa con bajos porcentajes de aceptación de presidentes y cuerpos legislativos, pero todo eso desaparece cuando el ciclo democrático está llegando a su fin y se avecinan nuevas elecciones, la esperanza de cambio aviva a las masas y en el ambiente se siente la alegría. Esto solo dura hasta que los cargos son ocupados por los ganadores y empiecen las decepciones nuevamente.

Se ha llegado a santificar la democracia­ como el mejor sistema que ha encontrado el hombre para evitar la cooptación del poder político y asegurar la representación de todos los grupos que conforman una nación, así mismo se dice que la democracia permite que en la mayoría de los casos el traspaso del poder se dé sin violencia.

Antaño los monarcas usaron la religión para diseminar la idea que ellos eran enviados por Dios para regir sobre sus pueblos, hoy los políticos hablan como seres superiores con conocimientos grandiosos cuya capacidad no puede ponerse en duda, mucho menos si han sido elegidos por la mayoría de sus ciudadanos.

Repiten que la voluntad del pueblo es sagrada y debe ser respetada; en la práctica parecería que el adagio “vox populi vox Dei”, tal como somos testigos asiduamente, falla desde antaño. Por ejemplo la Biblia nos indica que Jesús fue víctima de la democracia, perdió una crucial elección popular a favor de Barrabás.

Mi objetivo en este artículo es mostrar que la democracia no sirve como medio o apoyo para lograr o mantener la libertad, así mismo pasaré a enunciar alternativas a la democracia dentro de un marco de respeto a la libertad individual. Existe un sinnúmero de razones por las cuales un Estado democrático jamás llegará a limitar su poder.

Muchísimos autores como Benjamin Constant en su “Principios de Política Aplicables a Todos los Gobiernos” ya en 1815 sacaba las siguientes conclusiones: “El gobierno no tiene nada que hacer salvo velar por que los hombres no se hagan daño uno a otro” o“La sociedad no tiene el derecho de ser injusta hacia un solo de sus miembros… La sociedad en su conjunto menos uno no está autorizada a obstruir a este último… salvo en los casos en que este último en su ejercicio vaya a obstruir a otro individuo que posee los mismos derechos”.

Sin duda la preocupación de la extralimitación de las funciones estatales estaba a la orden del día: “Cuando se desconoce el límite a la autoridad política, los líderes de un gobierno popular no son defensores de la libertad sino aspirantes de tiranos, no dispuestos a romper el poder sin fronteras que oprime a los ciudadanos sino asumirlo”[1]

El experimento de limitación del poder por excelencia hasta las primeras décadas el siglo pasado era los Estados Unidos, pero ahora es un experimento fallido que a derivado en una socialdemocracia imperial que sus fundadores desconocerían. Bastante conocida es la desconfianza hacia la democracia que tenían los padres fundadores, ellos querían una república y no una democracia y el tiempo les ha dado la razón.

John Adams afirmó lo siguiente “El artículo fundamental de mi credo político es que el despotismo, o soberanía ilimitada, o poder absoluto, es el mismo en una mayoría de una asamblea popular, un consejo aristocrático, una junta oligárquica, o en un solo emperador.” y“Recuerden, la democracia nunca dura mucho. Pronto se gasta, se agota, y se asesina a sí misma. Nunca hubo todavía una democracia que no cometiera suicidio.” Por su parte Thomas Jefferson indicó: “La democracia no es más que el gobierno de las masas, donde un 51% de la gente puede lanzar por la borda los derechos del otro 49%”.

El ideal del liberalismo clásico ha sido siempre impedir la extralimitación del Estado pero nos enfrentamos a tiempos donde el Estado ha copado segmentos enteros de la sociedad. En estos tiempos el sufrido contribuyente no solo que en promedio entrega el 50% de su producción anual al Estado en forma de tributos, sino que está a la merced de infinidad de reglas a observar y acatar; estas son emitidas desde un sinnúmero de entes burocráticos que al mejor estilo soviético están obsesionados con la planificación central de nuestras vidas.

Dentro de todo nos dicen que vivimos tiempos privilegiados donde la democracia ha venido a reemplazar milenios de tiranía. Pero habría que pensarlo dos veces y ya nos lo advirtieron los Padres Fundadores ¿no estaremos ante un nuevo tipo de tiranía, la de las mayorías?

Beneficios Concentrados vs. Daños y Costos Dispersos

El actual régimen de democracia participativa ha dado origen a la caza de rentas, esto quiere decir que grupos allegados al poder ejecutivo y legislativo se esfuerzan de manera subrepticia en acomodar las leyes para su beneficio económico.

El ejemplo clásico es el proteccionismo a la industria azucarera en EEUU, los beneficios para un pequeño grupo son muy grandes e incentivan el lobby para mantener la protección, por otro lado los costos están dispersos en la totalidad de la población y apenas representa unos pocos dólares extra al año por cada familia, no es suficiente aliciente para que los consumidores de azúcar se unan para solicitar a sus legisladores el derogación de las barreras comerciales a los azucareros foráneos; en el otro lado los que se benefician de la medida proteccionista en cambio tienen un gran incentivo económico por mantenerla, incluso estarán dispuestos a hacer lobby permanente para que esta no se derogue pues sus rentas dependen de la misma.

Este tipo de empresarios gasta enorme cantidad de energía en hacer lobby alagando al burócrata o político de turno que descuida al que verdaderamente debería servir que es el consumidor del producto. Como dice Carlos Rodriguez Braun:“La redistribución no es de ricos a pobres sino de grupos desorganizados a grupos organizados.” En este caso los grupos desorganizados son siempre los que más alejados están del poder político y son los que menos posibilidades tienen de beneficiarse de rentas.

Monarquía vs. Democracia

Hans-Hermann Hoppe ha estudiado y validado que la libertad estaba mejor resguardada bajo una monarquía en el siglo XIX que en una democracia en el siglo XX, según su teoría el Príncipe o el Rey tiene mayores incentivos para preservar el valor de su Estado que alguien que lo controla por un tiempo corto y determinado.

Este último tenderá a extenuar al Estado sin dar importancia al valor del mismo al largo plazo, muestra el autor que esta es la razón por la que las tasas impositivas en Occidente eran mucho más bajas que en los actuales regímenes democráticos. Esto no significa que Hoppe sea un monarquista y que todas las monarquías no abusaban de sus pobladores.

Hoppe presenta ciertas comparaciones de nivel de impuestos, déficit, alcance del Estado, tasas de natalidad, tasas de interés, criminalidad que muestran que comparando el siglo XIX con el siglo XX existe un retroceso y no un avance en estos temas.[2] Esto coincide con el advenimiento de la democracia y el Estado-nación y el decaimiento de las monarquías. Para Hoppe la democracia es inferior a la monarquia, pero ambas son inferiores a lo que él llama el Orden Natural.

Esencialmente Hoppe rompe con el mito que las democracias no se atacan entre ellas, en el siglo XX la guerra pasa a ser un asunto de problemas monárquicos a problemas nacionales en resumen se pasa de un tipo de guerra moderada a uno de guerra total, aduce este autor que al designar a todas las personas confinadas en un territorio como nacionales de esta, estos se convierten en enemigos de forma automática, la brutalidad contra las poblaciones civiles se inaugura de cierta manera con la Guerra Civil americana donde cualquier habitante del Sur se convertía para la Unión en un esclavista y por ende un enemigo a ser eliminado. Llegando al cenit con la Primera y Segunda Guerras Mundiales con la guerra total contra las poblaciones nacionales de los países confrontados.

El peligro de la legislación permanente

 “Ni la vida, ni la libertad ni las propiedades de un hombre están seguras mientras el Congreso está reunido.” Mark Twain

En un liberal clásico por definición debería oponerse a la legislación permanente por la simple razón expuesta por la cita de Twain quien lo resume de manera perspicaz. La mayor amenaza a las libertades está siempre en el constante cambio de leyes para ajustar los beneficios de un grupo a otro y eso es lo que ofrecen los políticos en campaña, mover el dinero de los contribuyentes a sus votantes.

La inmensa mayoría de la legislación a nivel mundial es un entramado  para repartirse la propiedad ajena mediante impuestos o regular el uso de esa propiedad con un sinnúmero de reglas. Los legisladores disponen de la vida de otros enviándolos a guerras o bombardeando poblaciones a miles de kilómetros de distancia, la libertad tampoco está a salvo mientras el destino de millones esta en jaque por las innumerables infracciones que el Estado considera como punibles, por ejemplo la guerra contra las drogas. Parecería que mientras menos trabajan los legisladores, mejor le va a la sociedad.

¿Cómo entonces la ley se modificaría a lo largo del tiempo? Si somos liberales coherentes sabemos que solo existe un número determinado de crímenes que son constantes en el tiempo como el robo, fraude, asesinato, violación o secuestro. Todos estos suponen una violación de un derecho natural ya sea la propiedad, vida o libertad. Esto significa que el poder judicial debería decidir quién es el autor del crimen y como va a restituir a la víctima basándose en un código legal ajustado al derecho natural, esto simplificaría grandemente el actual desmadre judicial que viven la mayoría de democracias donde la mayoría de delitos tramitados no tienen víctima reconocible, la mayoría son infracciones a reglas que muchas veces son absurdas y hasta contradictorias.

Pan para ahora, hambre para mañana

En varios países latinos el refrán “Pan para hoy, hambre para mañana” describe perfectamente varias medidas adoptadas por los políticos con objetivos electorales. Dentro de las medidas adoptadas por las legislaturas están aquellas cuyos efectos a largo plazo son pasados por alto o desconocidos al momento de ser puestas en marcha, el ejemplo paradigmático es el Seguro Social adoptado en los 1930s en los EEUU, este afronta su quiebra inminente a un siglo de haberse establecido cuando todos los legisladores que lo habilitaron llevan tiempo difuntos.

Hoppe indica que el cortoplacismo de los gobernantes democráticos se debe a que estos deben usufructuar de su cargo por un tiempo determinado muy corto, por lo que no pensarán en la sostenibilidad en el largo plazo sino en la gratificación inmediata. A esto hay que sumar que la maraña legislativa mucha veces contradictoria es la consecuencia tal como indicaba Mises de intentos de corregir otras intervenciones previas.

En este sentido la deuda pública es el instrumento favorito de los políticos para “patear la lata” de su responsabilidades a futuras generaciones de políticos. También es positivo para ellos porque los que recibirán la carga impositiva para hacer frente no son votantes, algunos de ellos ni siquiera han nacido. Con el uso de deuda pública los votantes reciben bienes y servicios supuestamente gratuitos de sus autoridades democráticas y los costos los pagan sus hijos, nietos y bisnietos

La inflación ese impuesto oculto es también otro método por el cual políticos y burócratas se abstienen de subir los impuestos, que siempre es impopular sobre todo en época de elecciones, de esta manera el valor de cada unidad monetaria se deprecia mientras el gobierno puede afrontar sus gastos. Los grupos privilegiados como burócratas y proveedores estatales serán los más beneficiados pues reciben el dinero fresco primero, antes que los precios aumenten. Mientras que la viuda y los asalariados que viven de un monto fijo lo recibirán al final y serán los que absorberán gran parte del golpe con los precios aumentados; este es el llamado Efecto Cantillon.[3]

Problema de la representatividad

Existe en los actuales esquemas democráticos la creencia que la composición de una cámara legislativa representa a la totalidad de sus ciudadanos debido a que fueron elegidos por voto mayoritario. Esto es sin duda mendaz, según esta lógica a pesar que mi candidato preferido no llegó a ganar la elección me dicen que de alguna manera estoy representado pues a la mayoría de mis compatriotas eligieron a otro candidato con otra agenda.

En el mejor de los casos podremos elegir a legisladores que se acerquen a nuestro ideal político pero nunca satisfacerlo en su totalidad, como bien indica la teoría del Elección Pública, estos políticos tendrán sus propios intereses especiales y serán tan propensos a corromperse cualquier ser humano. Estrictamente hablando la representación política carece de todo sentido, cuando alguien nos representa nosotros damos las instrucciones y asumimos las consecuencias de lo actuado a través de esa representación. Nosotros definimos el periodo de representación y los límites, nada de esto sucede con los políticos elegidos democráticamente.[4]

Más cercano a la realidad sería hablar de gobernantes y gobernados, los unos reclaman el derecho de cobrar impuestos e imponer ordenes a los segundos según un contrato social unilateral, implícito y cambiante en el tiempo, a los segundos se les permitirá cambiar periódicamente a los que cobran impuestos e imponen ordenes.

La regla de la mayoría tiene sus problemas porque las minorías que pierden una elección no reciben nada a cambio, incluso en elección ajustada de 49% contra el 51%, estos últimos se llevarían todo y los otros nada. Eso no es justo para los perdedores bajo ninguna circunstancia, la elección debería repartir años en los cargos no el periodo total, por ejemplo en una elección donde A obtiene el 60% de los votos y B el 40%, los dos contendientes podrían repartirse un periodo de 10 años, los primeros seis años estarían a cargo de A y los restantes cuatro a cargo de B.

En democracia solo las mayorías podrían sentirse representadas, las minorías nunca estarán representadas, es por eso que un impuesto a los ricos es altamente popular pues son una minoría que difícilmente podrá defenderse en el legislativo. Esto es una constante a lo largo del tiempo las mayorías irrespetarán a las poco o mal representadas minorías, todo esto con el beneplácito de los votantes.

El voto igualitario por persona también es peligroso, en países como el Ecuador se ha reducido la edad para votar hasta los 16 años, en otras épocas los que votaban estaban claramente restringidos a pequeños grupos como los que poseían propiedad o los que pagaban impuestos. La democracia debe tener sus límites caso contrario pensemos como sería un establecimiento educativo donde todo se sometiera a votación por regla mayoritaria; el resultado, teniendo en cuenta que la mayoría son alumnos, dejaría bastante que desear.

Lo mismo pasaría si se practicara la democracia a nivel familiar,  unos padres con cuatros hijos no podrían establecer reglas de conducta en su propio hogar. El voto unitario por habitante es injusto y rompe con las jerarquías naturales, la gente que mayor aporte ha realizado a la comunidad no debería tener el mismo poder de voto que un reo o un adolescente.

Hay que tener en cuenta también el tema del ausentismo electoral, en EEUU se dice que ha llegado incluso a superar el 50%[5] del registro de electores, en Ecuador donde el voto es obligatorio y conlleva una multa no hacerlo cerca del 20% de los potenciales votantes prefieren pasar el día de elecciones en su casa. Los resultados democráticos no reflejan esta apatía de una gran parte de la población, los ganadores muchas veces se hacen del poder con menos de la mitad del registro electoral.

Para Erik von Kuehnelt-Leddihn la democracia como ahora la conocemos debería denominarse oclocracia, el poder de la muchedumbre. Esta va a tender a la mediocridad para poder constituirse en un movimiento igualitario donde desaparecen las jerarquías y aparecen la masa, en ese sentido la Revolución Francesa, la Bolchevique y la Nazi son todas revoluciones igualitaristas que buscan la destrucción del régimen antiguo a través de la movilización de las muchedumbres. [6]

El inexistente contrato social

Todo el edificio de la democracia está construido sobre el supuesto contrato social. Pero mirando más de cerca este tipo de contrato no cumple con la intención que el término aplica. En última instancia un contrato siempre se firma de manera voluntaria y en  común acuerdo entre las partes. El contrato social es una contradicción de términos, no puede ser implícito y unilateral y atado a una arbitraria locación geográfica.

El Estado instituye al contrato social en el nivel más alto de la justicia, pero tiene que cometer injusticias a ciertos grupos para poder hacerlo cumplir, por ejemplo el daño a los pagadores de impuestos a favor de los receptores de los mismos.[7] Esto sin contar que la historia demuestra que la gran mayoría de las veces el mayor enemigo de la justicia es el propio Estado.

Incluso el tema de unilateralidad sería inocuo si los términos no cambiaran a lo largo del tiempo por el proceso legislativo permanente, por lo menos el ciudadano al que se le ha impuesto este contrato supiera a qué atenerse. La realidad es muy diferente, no hay estabilidad en las reglas a cumplir.

Los peores a la cabeza.

El célebre Hayek indicaba que existen tres razones por las que la clase política suele estar plagada de personas de poca honra y mucha sinvergüencería[8]; la primera es que las personas con inteligencias superiores no suelen ser proclives a rebajar su moral, activar sus instintos más primitivos y reducir sus opiniones y creencias hacia la uniformidad para desempeñarse con éxito en la arena política.

La segunda nos dice que es necesario ganar el soporte de los dóciles y los ingenuos, los que aceptan cualquier ideología que se les presente. Tanto la democracia como la dictadura necesitan del apoyo de  este tipo de gente, cuyas emociones y pasiones sobrepasan su razonamiento crítico.

Finalmente los líderes políticos nunca promueven una agenda positiva sino una negativa donde separan a la sociedad en dos grupos nosotros los buenos y ellos, los enemigos. Todo lo que él un grupo realice es desde su propia perspectiva bueno, oportuno y eficaz, todo lo que realice el otro será denostado sin mayor análisis.

Destrucción de los contrapesos usando métodos democráticos,

Alemania puso a Hitler en la cima por medios considerados democráticos y legales, en las Nicaragua, Venezuela y Ecuador contemporáneos existen elecciones. Esta daría paso a distinguir a una democracia limitada a una ilimitada que esta última resulta tan contraproducente como cualquier dictadura. ¿Qué tienen en común los regímenes de Chavez y Hitler? Que ambos usaron las instituciones democráticas para hacerse del poder total. La demolición de la institucionalidad es el cheque en blanco que las sociedades hartas de sus políticos tradicionales entregan a un outsiderque aprovecha una mayoría coyuntural para hacerse de todos los poderes del Estado.

Esto ha sido bautizado contemporáneamente como la receta chavista que ha visto aplicarse exitosamente en países como Bolivia, Ecuador y Nicaragua y con un intento fallido en Honduras. En todas las ocasiones se desbarató el anterior régimen convocando a redactar nuevas constituciones o a aplicando cambios profundos en las restricciones para presentarse a la reelección presidencial.

Llegamos a una situación única por sus características hay abundancia de elecciones pero no hay representación alguna de las minorías, especialmente empresarios y emprendedores. El Estado se hace propaganda todos los días de forma interminable y la oposición política apenas puede resistir el vendaval, cuando llega época de elecciones el despilfarro en la compra de votos es algo obvio y descarado a vista y paciencia de todos.

Conclusión

Siempre ha sido de gran interés para los pensadores políticos el cómo limitar el poder. Mucho se ha dicho y escrito al respecto, lastimosamente en la práctica el Estado mínimo ha devenido en el Estado máximo, tenemos el ejemplo de los Estados Unidos como el más alarmante crecimiento del Estado a punto de poner a la otrora tierra de la libertad al borde de la quiebra económica y moral. Todo liberal que quiera expandir su ideario tendría que validar si el actual esquema democrático es compatible con ese objetivo, la experiencia indicaría que ambos democracia y libertad rara vez van de la mano. El ascenso del Estado total viene acompañado de la reducción de las libertades individuales y el deterioro del control de la propiedad privada.

Si bien un político con ideas de reducir el Estado a su mínima expresión puede hipotéticamente llegar al poder, este parte su compaña con gran desventaja; si lo comparamos con sus contendores, estos gozarán de mayor popularidad al ofrecer un programa diametralmente opuesto, el de repartir privilegios. La democracia se ha convertido en eso, un dispensador de privilegios, lo único que parece cambiar son los grupos que reparten y los que se benefician del reparto. Cualquier político que quiera acabar con eso tendrá muchísima resistencia de los grupos privilegiados actuales y los que están deseosos de entrar a participar del reparto


[1]Benjamin Constant, “Principios de Política Aplicables a Todos los Gobiernos”, Katz Editores, 2010

[2]Hans Hermann Hoppe, Political Economy of Monarchy and Democracy, http://mises.org/daily/4068

[3] Mark Thornton, Cantillon is Back, Mises Daily, 2001 (http://mises.org/daily/774)

[4]Gerard Casey, La imposible defensa de la representación política, Mises Daily en Español, 2009 (http://bit.ly/Ags9GZ)

[5]ABSTENCIONISMO ELECTORAL, Instituto Interamericano de Derechos Humanos, http://www.iidh.ed.cr/comunidades/redelectoral/docs/red_diccionario/abstencionismo.htm

[6] Erik von Kuehnelt-Leddihn, Menace of the Herd, Mises Institute

[7] Stefan Molyneux, The Social Contract: Defined and Destroyed in under 5 mins, (http://youtu.be/jNj0VhK19QU)

[8]Friedrich Hayek, Camino de Servidumbre, Alianza Editorial, 2002, Capítulo 10

http://misesecuador.drupalgardens.com/content/como-la-democracia-es-incompatible-con-la-libertad

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