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HITLER: MÉDIUM, POSESO, MESÍAS, MAGO

Enrique de Vicente

¿A qué se debió su espectacular ascensión al poder, la incomprensible atracción que ejercía sobre su pueblo? ¿Qué extraña fuerza animaba a aquel hombrecillo que estuvo a punto de cambiar el destino del mundo hace 75 años?

¿Estuvo poseído por un demonio, como creyó Pio XII al exorcizarle? ¿O era un médium capaz de incorporar al dios germano de la guerra y la posesión?

¿Utilizó artes mágicas para embelesar al pueblo alemán? ¿Cómo se transformó en el mesías que éste esperaba? ¿Hubo poderes ocultos que guiaron su trayectoria?

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Se volvió hacia mí. Estaba conmocionado. Las palabras no salían de su boca con la fluidez acostumbrada. Nunca le había oído hablar de aquella manera…

Era como si otra persona se expresara por su boca, y él mismo escuchase con emoción y asombro sus palabras. Hablaba de un encargo que recibiría un día del pueblo, para conducirlo de la esclavitud a la libertad…».

Debemos esta descripción de la visión que, sobre la colina de Freinberg cercana a Linz, a sus 17 años cambia la vida de quien mucho después se convertirá en el Führer alemán, a August Kubizek.

Su único amigo de juventud, que le será fiel hasta sus últimos días y cuyas memorias sobre esos años se convertirán en una fuente inapreciable para los historiadores.

Esa noche acaban de asistir a la representación de Rienzi, una ópera de Wagner inspirada en la vida del político gibelino homónimo, que –siguiendo el ideal imperial que inspiraría las futuras acciones de Hitler– tomó el poder por la fuerza e intentó reformar las instituciones romanas, siendo derrotado por los partidarios del Papa y ejecutado por la turba infame.

Tres décadas después, cuando se reencuentra con Kubizek y la hija de Wagner en Bayreuth, la ciudad santa de los wagnerianos, Hitler asegura que «todo comenzó en aquel momento».

Se han escrito miles de libros sobre él y sobre las múltiples consecuencias que tuvo su actuación histórica. Pero resulta crucial intentar penetrar en el misterio desconcertante que Hitler representa incluso para cuantos le conocieron personalmente, puesto que su voluntad de dominio empujó a la humanidad a la primera guerra verdaderamente planetaria y marcó la historia de forma indeleble.

«Toda reflexión le hace más incomprensible –confiesa su ministro Albert Speer–. Podría decir que fue cruel, injusto, inaccesible, frío, irascible, quejumbroso y ordinario.

Pero al mismo tiempo podía ser un anfitrión cariñoso, un jefe comprensivo, galante, reflexivo, orgulloso y capaz de entusiasmarse por todo lo bello. Sólo dos palabras se me ocurren para definir su personalidad y que son el común denominador de tantas contradicciones: impenetrable y falso».

Cuantos le tratan advierten en él esa desconcertante dualidad, que se hace muy evidente cuando se dirige a las multitudes. Entonces se comporta como un mediador entre los dioses de una nueva religión y las masas de fieles… (Continúa en AÑO/CERO 242).

Fuente: xn