Filtrado por algoritmos: La censura “inteligente” del siglo 21

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Se trata de una nueva economía política de control de la información que, diferencia de la censura estatal o de la empresarial, se vuelve en algunas de sus etapas independiente de la “intervención editorial” humana.

Esta censura inteligente tiene lógicas de promoción y supresión de discursos basadas en fórmulas matemáticas que seleccionan asuntos y los jerarquizan.

La lucha por la libertad de expresión y de prensa tuvo durante gran parte del siglo 20 al Estado como su enemigo principal. La experiencia fascista en Europa, la estalinista en Euro-Asia, así como la tenebrosa experiencia del macartismo en Estados Unidos demostraron el temible papel que los Estados pueden jugar para impedir la libre expresión de ideas y para controlar a la prensa. La censura estatal era la cuestión acá.

Basándose en esos antecedentes, la doctrina liberal de Occidente defendió y legisló en torno a un Estado que se abstuviera de inmiscuirse en el contenido de los medios y que no limitara a las personas la posibilidad de expresarse, salvo excepciones.

El énfasis está puesto en la plena libertad de los medios para informar a la sociedad sin coacciones estatales, a través de sus canales y mediante sus profesionales. Se trata de la concepción negativa del Estado, es decir, que el Estado se abstenga y en esa no-acción se garantice el derecho a la información

Sin embargo, ese énfasis por la acción negativa del Estado que se intensificó durante la segunda mitad del siglo 20, terminó beneficiando no a las audiencias, sino a las corporaciones mediáticas.

Sobre todo, tras el triunfo del neoliberalismo en la década de los 80, se consolidó una relación cómplice entre Estados y corporaciones mediáticas que promovió la desregulación del sector y volvió ineficaces, decorativos, los controles antimonopólicos.

Como nunca en la historia se concentró entonces el campo comunicacional en pocas manos, seis corporaciones controlan hoy el 70% de las comunicaciones mundiales y para el caso de América Latina prima absolutamente la estructura oligopólica de la industria.

Esta complicidad y connivencia entre entes reguladores estatales y los regulados, o sea, entre el Estado y las corporaciones mediáticas ha producido una degeneración del rol guardián de los medios (el mito del Cuarto Poder).

La estructura oligopólica mundial frente a la cual las Naciones Unidas han levantado la voz y ha exigido una acción positiva de los Estados para frenarla, ha producido una colusión ideológica mundial en el discurso mediático.

Se trata de una suerte de línea editorial planetaria que, a modo de ejemplo, permite que globalmente gobiernos como el de Chávez y Maduro sean interpelados a diario por tipos como Trump o Felipe González, mientras se invisibiliza completamente el campo de concentración Guantánamo, en el cual Estados Unidos mantiene a prisioneros árabes sin acusaciones, ni juicios y bajo tortura permanente.

Ya no es la censura estatal, es la censura empresarial la que está en el centro de la cuestión.

Pero ahora, avanzada la primera década del siglo 21 nos enfrentamos a otro desafío en relación con la libertad de información. Ya no son los Estados o las corporaciones, sino una mezcla de ambos que en clave tecnológica y usando la Inteligencia Artificial (IA) atentan contra nuestros derechos.

La opinión pública está cada vez más mediatizada por sistemas privados de software que pertenecen a pocas compañías y que se alían con los Estados. Google es un ejemplo paradigmático.

Con miles de millones de usuarios activos en sus plataformas de redes sociales, utilizan de manera automática algoritmos que determinan la información que se ofrece a cada usuario mediante sus feeds.

Por eso se les denomina “algoritmos de filtrado” pues filtran qué contenido recibirá cada usuario, gracias a la capacidad que tiene hoy la IA de trabajar con inmensos volúmenes de datos (Big Data).

Estos algoritmos de filtrado son poderosos intermediarios que en base a modelos matemáticos priorizan ciertos contenidos sobre otros. No hay ninguna duda de que se usan con intencionalidad política y de manera efectiva, en tanto el filtrado por algoritmo suprime de manera sistemática ciertas perspectivas y releva otras.

Se trata de una nueva economía política de control de la información que, diferencia de la censura estatal o de la empresarial, se vuelve en algunas de sus etapas independiente de la “intervención editorial” humana.

Esta censura inteligente tiene lógicas de promoción y supresión de discursos basadas en fórmulas matemáticas que seleccionan asuntos y los jerarquizan. Que además trabajan procesando inmensos volúmenes de datos que la trazabilidad y huella digital de cada uno de nosotros deja tanto on como off line. 

Es así como, por ejemplo, Trump en su campaña pudo generar algorítmicamente 175 mil versiones distintas de un mismo mensaje, de acuerdo al perfil de cada usuario al que se dirigía. Obama no se anduvo con chicas tampoco. En su campaña del 2012 un equipo informático suyo logró crear 16 millones de perfiles de votantes que les interesaban.

Son éstos los nuevos guardianes de la información, los gatekeepers de esta etapa histórica que controlan el flujo de datos según los valores que estén impresos en su código; códigos que en la mayoría de los casos no son públicos. No hay un censor humano al cual responsabilizar de la acción, sino un robot.

Sin embargo, deshilando la madeja vamos a llegar a grandes corporaciones aliadas con los organismos de inteligencia estatal, tal como Julian Assange ha documentado exhaustivamente en su libro “Cuando Google encontró a Wikileaks”.

Y, sobre todo, llegaremos al verdadero duopolio de la actualidad, el duopolio mundial conformado por Google y Facebook, pues si de censura basada en IA, algoritmos de filtrado, Big Data y relación con los servicios de inteligencia se trata, ellos tienen la palabra.

Fuente eldesconcierto.cl

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