Impuntuales, creativos, nocturnos… Éstos son los rasgos que definen a las personas más inteligentes

Por DIEGO BERMEJO 

Decía el duque François de la Rochefoucauld que “todo el mundo se queja de su memoria, pero nadie de su inteligencia”. Y es verdad que cuesta encontrar a un sujeto que se declare abiertamente insatisfecho con la que le ha tocado. A este respecto, Bertrand Russell afirmaba que “el problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas”.

A pesar de los más de dos siglos y medio que separan ambos nacimientos, es indudable que tanto el francés como el galés compartían algunos rasgos que, como a muchos otros, les han llevado a pasar a la historia de la humanidad como dos personajes lúcidos de mentes brillantes.

A diferencia de lo que sucedía entonces, hoy en día es relativamente sencillo detectar cuándo una persona posee una inteligencia superior a la media. La prueba más estandarizada y extendida a nivel internacional es el test que determina el coeficiente intelectual. Según los datos que manejan los psicólogos, el promedio mundial se sitúa en 100 puntos. Si alguien rebasa la barrera de los 115 significa que su inteligencia sobresale.

Aun así, estudiar las diferencias que existen entre las personas con mayor y menor capacidad intelectual ha sido una de las obsesiones de la ciencia desde tiempos inmemoriales, siendo varios los estudios que han detectado no sólo desigualdades a nivel cerebral como los relacionados con la velocidad de crecimiento y la capacidad de moldearse de éste, sino también en los comportamientos más mundanos y prosaicos de muchos de ellos.

Mejor en soledad

Según el departamento de Sociología del London School of Economics, uno de los rasgos compartidos por las personas más inteligentes es su preferencia a la soledad. Tras estudiar el comportamiento de más de 15.000 jóvenes, detectaron que los chicos más inteligentes encontraron un mayor sentimiento de bienestar y felicidad cuando estaban solos, sin necesidad de compartir sus experiencias para ser plenos.

Muy relacionado con este punto, la Universidad de la Costa del Golfo en Florida descubrió a través de distintas investigaciones que las personas con un coeficiente intelectual superior a la media suelen gozar de un vasto mundo interior. Dedican gran parte de su tiempo a reflexionar.

Una soledad que, tal y como pone de manifiesto otro estudio, en este caso de la Universidad de Pavía, no significa ni mucho menos el aislamiento de estos individuos ya que, como el resto, se muestran mayoritariamente interesados por las relaciones de pareja y, claro está, también en el sexo.

Y es que, según un grupo de investigadores de este centro, el aumento en la frecuencia de las relaciones sexuales puede ir anclado a un aumento de la inteligencia, cuando de una nueva pareja se trata. La razón aportada era la siguiente: el acto sexual contribuye al crecimiento nervioso y éste tiene consecuencias directas en el desarrollo de la memoria y los reflejos.

En esta misma senda, la Universidad de Princeton descubrió que, al menos en animales, aquellos con una actividad sexual más potente gozaban de menor estrés y niveles de ansiedad más bajos. Algo que en los más dotados intelectualmente cobra especial relevancia dado que, como el psicólogo Alexander Penney escribió en su momento, “el conocimiento implica angustia”.

Creatividad y humor, la otra inteligencia

Por su parte, una de las eminencias de la psicología estadounidense, el profesor Sarnoff A. Mednick, concluyó tras años de estudio que aquellos sujetos más creativos, capaces de realizar asociaciones más lejanas que la mayoría, son más inteligentes.

Misma conclusión a la que llegaría el doctor de la Universidad de Graz Emanuel Jauk. Frente a ellos, algunos de sus colegas indican que la creatividad se puede desarrollar a través del aprendizaje.

Decía el escritor y poeta Roberto Bolaño que “el humor y la curiosidad son la más pura forma de inteligencia”. Y no le faltaba razón. Los comentarios ingeniosos, capaces de provocar una carcajada en el otro, son una consecuencia de la observación del mundo exterior y de la extracción y exageración de determinados rasgos. El sentido del humor es más propio de las personas inteligentes, tal y como corroboran multitud de trabajos.

Una de las críticas más habituales que recae sobre los más eruditos es que se les acusa de utilizar un lenguaje pedante con el objetivo de mostrar, a cada palabra, su conocimiento del lenguaje y su amplio y preciso vocabulario.

Curiosamente, según la publicación Ciencias del Lenguaje, los mejor dotados a nivel intelectual son mucho más proclives a proferir groserías que el resto. Su profundo conocimiento del diccionario y su memoria les ayudan, además, a utilizar cada una de éstas en el momento preciso. Ya se sabe, una cosa es la inteligencia y otra bien distinta educación.

Nocturnos, tardones y desordenados

En otra universidad, en este caso la de Wharton, en Pennsylvania (Estados Unidos), el equipo liderado por Adam Grant encontraba una de las características más curiosas y repetidas en la personalidad de los más inteligentes: éstos mostraban ciertos problemas de puntualidad, siendo este asunto especialmente delicado a la hora de cumplir con los plazos de entrega a los que se van enfrentando a lo largo de su vida, desde la escuela y hasta que se convierten en profesionales, provocando en multitud de ocasiones problemas de primer orden con sus superiores.

Uno de los porqués podría ser el que aporta la publicación Personality e Individual differences, donde se explica que las personas con una mayor capacidad intelectual suelen ser “más nocturnos”, marchándose, de media, media hora más tarde a la cama.

Tampoco son muy ordenados, parece ser. Según el equipo de la Universidad de Minnesota Carlson School, con Kathleen Vohs al mando, “los entornos desordenados, al romper con la tradición, generan ideas frescas y aumentan la creatividad”. Tampoco lo emplearían en fumar si nos atenemos a las conclusiones de un estudio israelí en el que se afirma que, “cuanto más se fuma, más bajo es el coeficiente intelectual”.

Muy distinta sería su relación con el alcohol. Una de las imágenes más asentadas en el imaginario colectivo es la de la estrecha relación de muchas de las eminencias intelectuales con la bebida.

Una de las investigaciones realizadas al respecto por la Universidad de Glasgow concluía que las personas inteligentes suelen beber más alcohol. Su abuso, curiosamente, tiene consecuencias directas sobre su deterioro neuronal.

Si a pesar de verte reconocido en muchos de estos rasgos más propios de los más inteligentes, el resultado de la prueba del coeficiente intelectual te da la espalda, siempre te queda recurrir a Carlos Dómine y su célebre: “No hay mayor estúpido que el que juzga a los demás por su inteligencia”.

Fuente elmundo.es

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