Lee el primer capítulo de “El secreto del submarino. La historia mejor guardada de la Armada de Chile”

Sucedió en la bahía de Valparaíso, un viernes 10 de septiembre de 1976: el destructor Portales notó una vibración que hacía presumir que un submarino estaba en los alrededores.

Después los buques Cochrane y Serrano detectarían un segundo objetivo subacuático. Ninguno era chileno. Ninguno respondía. La Armada chilena emprendió el ataque mientras los testigos suponían que se trataba de un ejercicio naval en el contexto de la operación Unitas.

Cuarenta años después, “El secreto del submarino. La historia mejor guardada de la Armada de Chile” busca explicar lo que realmente sucedió aquella mañana. Agradecemos a Ediciones B la gentileza de compartir el primer capítulo de la investigación realizada por Daniel Avendaño y Mauricio Palma.


 

Capítulo I

¡HUNDAN!

Jorge Sepúlveda Haugen es ingeniero, docente universitario y desde los quince años le han contado una historia controvertida y espectacular.

La fuente para él es irrefutable: su padre, un connotado oficial de la Armada de Chile quien, junto con alcanzar los más altos cargos navales, llegó a ser uno de los integrantes de la poderosa junta de gobierno a fines de los ochenta.

Como hijo, Jorge sabe que su papá no miente. Nunca lo ha hecho. Por eso es que un día lo convence de que le cuente otra vez el relato que tantas veces escuchó, pero esta vez frente a una grabadora.

En cuarenta minutos, el vicealmirante Jorge Sepúlveda Ortiz narra con detalle lo ocurrido durante el segundo fin de semana de septiembre de 1976 frente a las costas de Valparaíso.

“Íbamos a posiciones para juntarnos con Unitas… y fue saliendo del puerto cuando tuvimos contacto. Efectivamente, el movimiento indicaba que era un submarino y me mantuve pegado a eso. Muchos no me creían”.

Sepúlveda Ortiz era entonces comandante del destructor Portales, uno de los catorce buques de guerra que a mediados de los setenta componían la escuadra chilena. “Los contactos, a la larga, fueron dos. Uno se arrancó en dirección noroeste y el otro seguía adentro de la bahía. Vinieron aviones de Quintero y también tuvieron contacto con sensores especiales”.

Aquella conversación entre padre e hijo terminó convirtiéndose en un testimonio invaluable. Sepúlveda Ortiz, quien ha escrito libros y es miembro honorario de la Academia de Historia Naval, es un hombre confiable.

Como jefe de estado mayor llegó a ser el brazo derecho del almirante José Toribio Merino y también uno de los testigos privilegiados de las últimas horas del poder militar en La Moneda.

Sin embargo, sea desde su hogar en el tranquilo balneario de Concón, o bien desde el lejano Aysén, hasta donde llegó hace algunas décadas con el propósito de colonizar la zona, prefiere que aquella grabación sea el único registro de la increíble jornada que le tocó vivir.

La mañana del viernes 10 de septiembre de 1976, Sepúlveda Ortiz y los doscientos hombres que estaban a su mando en el destructor Portales, se levantaron más temprano que de costumbre.

La razón era simple: debían zarpar desde Valparaíso con rumbo al puerto de Talcahuano a participar en una nueva versión de la Operación Unitas, ese juego de guerra entre la poderosa Armada norteamericana y sus similares de Latinoamérica que cumplía dieciséis años de tradición.

El día estaba planificado en todos sus detalles. A las 7.00 de la mañana se dio el toque de diana Quince minutos más tarde, subieron los ciento treinta kilos de pan para los ranchos del viaje. A las 9.45 el Portales zarpó del puerto, activando sus sonares, dispositivos que a través de impulsos se convierten en los ojos del buque bajo la superficie.

Pero la calma duró solo dieciocho minutos.

A las 10.03 uno de los sonaristas del buque detectó un eco metálico de proporciones, una vibración que hacía presumir que un submarino rondaba en las cercanías.

La información llegó inmediatamente hasta el comandante Sepúlveda, cuyo talante sereno cambió bruscamente. Sabía que sus hombres no fallaban y él, un experto en electrónica, se había preocupado personalmente de instruirlos. Acto seguido, ordenó silencio total y su mirada se fijó en los aparatos.

No podían ser los sumergibles chilenos: el Simpson estaba atracado en Valparaíso; el O’Brien iba camino a Talcahuano y el Hyatt aún no zarpaba desde Inglaterra. Todos esperaron el diagnóstico de su comandante.

En pocos segundos, los peores augurios se hicieron reales: la anchura angular, el efecto hidrofónico, el ruido metálico y el efecto Doppler confirmaban la primera lectura de sonar.

“Es un submarino”, dijo Sepúlveda y sus palabras se deslizaron como un hielo entre los miembros de la tripulación. Inmediatamente el comandante ordenó contactar a las otras naves de la escuadra nacional.

A partir de ese momento, la bitácora del Portales comenzó a escribirse copiosa y presurosamente, registrando cada detalle de lo que en pocas horas se transformaría en una jornada imborrable.

A las 10.29 de esa mañana Sepúlveda ordenó el alistamiento en primer grado. Desde ese instante, sus hombres debían cubrir sus puestos y prepararse para cualquier evento.

El Portales era un antiguo destructor estadounidense, activo desde la Segunda Guerra Mundial y cuya última participación bélica había sido a fines de los sesenta en la Bahía de Tonkin, Vietnam, bajo el nombre de USS Douglas.

Aquel viernes de septiembre de 1976, ahora con bandera chilena y signado con el número 17, volvía a prepararse para el combate.

En los minutos siguientes, los sonaristas del destructor Zenteno, que contaba con instrumentos más precisos, confirmaron la presencia de un submarino desconocido. Lo que quedaba de calma se esfumó cuando los buques Cochrane y Serrano detectaron una segunda nave no identificada bajo el mar.

Muchos pensaron estar ad portas de un impensado ataque al principal puerto chileno. Mientras tanto, el operador sonarista del Portales informaba detalladamente al segundo comandante, Gustavo Marín Wilkins, los reiterados cambios de rumbo y de velocidad que realizaba el objeto subacuático.

Desde el centro de telecomunicaciones apostado en tierra, varios suboficiales monitoreaban los llamados entre los puentes de mando de los buques de la escuadra chilena.

La urgencia era tal que algunos mensajes ni siquiera alcanzaban a ser codificados. Se despachaban como iban llegando. A esa altura no cabían dudas: las aguas territoriales estaban siendo vulneradas.

El jefe de la escuadra nacional, vicealmirante Hugo Castro Jiménez, solicitó instrucciones directas al almirante Merino, máxima autoridad naval del país y miembro de la junta militar.

En la víspera del tercer aniversario del golpe de Estado que había derrocado al presidente Allende, los marinos chilenos estaban preparados para que ocurriese algún tipo de sabotaje. Las posibilidades eran muchas, pero jamás imaginaron un ataque submarino. Aquello no estaba en los cálculos de nadie.

“Ordene inmediatamente un zafarrancho de combate. Cérquenlos y si no se identifican, atáquenlos con todos los buques que sean necesarios. ¡Hundan al submarino!”, determinó Merino.

En un primer momento no fueron pocos los que pensaron que el contacto desconocido podría corresponder al submarino nuclear USS Gato, integrante de la flotilla estadounidense de la Operación Unitas. Ante eso, la Armada chilena no tardó en consultar a los norteamericanos por su ubicación.

“No somos nosotros. Estamos a varias millas de Valparaíso”, fue la escueta respuesta del grupo de Tarea 138 al mando del contralmirante James Sagerholm, un experto en guerra antisubmarina y quien por razones de seguridad se negó a entregar las coordenadas exactas de su nave.

De hecho, se encontraban en el sur con más de 1.500 hombres repartidos entre los destructores USS Macdonough y el USS Davis, la fragata USS Thomas C. Hart y el poderoso USS Gato. Estaban a la espera para iniciar el ejercicio conjunto, sin embargo, los acontecimientos en la rada de Valparaíso obligaron a cambiar drásticamente la agenda del día.*

Descartado el submarino Gato, desde los altoparlantes de los buques chilenos se escuchó la sirena que ordenaba el zafarrancho de combate. Por los pasillos y cubiertas de las naves, los oficiales entregaban órdenes presurosas. Por primera vez los jóvenes marinos chilenos.

Fuente puroperiodismo.cl

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