Cuando luchar contra el tabaco era cosa de nazis (literalmente)

«No devoras los cigarrillos, ellos te devoran a ti». Podría tratarse del eslogan de una campaña antitabaco, de ese mensaje que decora las cajetillas para advertir de que fumar daña gravemente tu salud y la de quienes te rodean.

La voz de tu conciencia. Esa que te sugiere ser cauteloso, tener en cuenta el posible y fatal desenlace de una vida ligada al cigarrillo. Podría serlo, pero no lo es. De hecho, ni te imaginas quiénes fueron los autores de eslóganes como este.

Nada más y nada menos que Hitler y los nazis fueron los responsables de iniciar – con un éxito indiscutible – la lucha contra los peligrosos cigarrillos. Parece contradictorio que precisamente ellos, los responsables del Holocausto, se preocuparan por la salud de los ciudadanos. De hecho, no fue así. Ni por asomo. Lo cierto es que su intención era impulsar, de una forma más creativa, la limpieza étnica del régimen.

Otros países europeos a principios del siglo XX habían intentado ya luchar por esta causa, pero sin frutos. Alemania fue el primero en alcanzar el éxito, de la mano de sus científicos. Nadie más indicado para vincular el tabaco, por primera vez en la historia, con la desgracia de padecer enfermedades respiratorias o incluso cáncer de pulmón.

Schairer y Schoninger son los nombres de los científicos que publicaron las primeras investigaciones al respecto. Estudios que aumentaron la fiebre de los políticos alemanes que, liderados por Hitler, iniciaron su particular lucha en pos, decían, de la «salud pública».

Hitler, un hombre que llegó a fumar entre 20 y 30 cigarrillos al día durante su juventud. Un hombre que, tras su llegada al poder, trató de convencerse a sí mismo, y de convencer al resto de ciudadanos, de que sus cuerpos no pertenecían a cada individuo, sino a la nación. De que fumar llevaba a la decadencia y al derroche de dinero.

Pero la salud pública no era, ni mucho menos, el objetivo real del Führer y sus seguidores. El régimen alemán perseguía de forma insistente el objetivo para el que había nacido: imponer la raza aria que tantas vidas se había llevado por el camino.

Antitabaco

El discurso de Hitler y sus seguidores era xenófobo, racista y antisemita, pero efectivo. Su estrategia triunfó en la Alemania de aquellos días teñidos de guerra y odio. Culpar a judíos, intelectuales, gitanos, negros y discapacitados de la generalización del consumo de tabaco hacía posible la lucha contra esta droga blanda. Todo eran ventajas. Hitler llegó incluso a asegurar que el nazismo jamás se hubiera impuesto en Alemania si el país no hubiera dejado de fumar.

“El Führer está en contra del tabaco”

El camino para hacer llegar al pueblo su idea fue similar a el que lo llevó a la gloria: la propaganda. «Hermano nacionalsocialista, ¿sabe usted que nuestro Führer está en contra del tabaco y piensa que cada alemán es responsable de sus acciones y del futuro de todo el pueblo, y no tiene derecho a dañar su cuerpo con drogas?», rezaban uno de los discursos, siempre amparados por Goebbles.

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Esa propaganda pronto se vio acompañada de medidas restrictivas para controlar, asfixiar y censurar la vida pública. Algo que, de hecho, había caracterizado al régimen nazi desde sus inicios. Nadie puedo escapar a las medidas. Fueron generalizadas y extremas.

La mejor manera de ejercer un control férreo sobre la población era dominar el espacio femenino y, sobre todo, la natalidad. Durante los trágicos años del auge del fascismo, numerosas mujeres alemanas fueron obligadas a concebir hasta cuatro hijos que, en muchos casos, eran robados de sus madres a los pocos meses de nacer para ser repartidos entre familias arias y «puras».

Para conseguir su lastimero objetivo, los nazis alemanes lanzaron su campaña propagandística sobre las madres del momento, y las futuras. Se les exigía que no bebiera alcohol ni fumaran durante el embarazo y los meses de lactancia. ¿A cambio? «Bebe zumo de frutas», ofrecían los anuncios.

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Los científicos, además, defendían que fumar envejecía el cuerpo de forma acelerada, lo hacia menos atractivo para los hombres y menos propenso a la procreación, además de que podía multiplicar el número de abortos.

Por ello se prohibió vender cigarrillos a las mujeres que esperaban descendencia, y a todas las menores de 25 años (edad óptima para procrear). El propio Hitler hacía un llamamiento continuo a cuidar de los niños, mientras alegaba que fumar tabaco delante de ellos podía provocarles asma.

Las restricciones llegaron a todos los ámbitos. Se prohibió fumar en lugares públicos, desde restaurantes hasta campus universitarios, hospitales, residencias, oficinas de correos e instalaciones gubernamentales. Incluso se impidió fumar en los refugios preparados para posibles ataques aéreos, aunque en algunos de ellos se reservó una habitación para los fumadores.

También estaba totalmente vetado que se publicaran anuncios que representaran a un hombre fumando mientras trabajaba. La publicidad de tabaco pasó a diseñarse sin imágenes provocativas: una hoja con un poco de texto negro sobre blanco eran los únicos ingredientes permitidos para promocionar los cigarrillos.

El tabaco arruina la salud, la raza y la fuerza de trabajo.

La cosa no quedó ahí. Se subieron los impuestos sobre el tabaco y se impidió fumar a policías y oficiales cuando estuvieran de servicio. También se racionaron los cigarrillos entre los militares (a seis por hombre), con el objetivo de que permanecieran sanos para que no enfermaran ni murieran durante la guerra por culpa del tabaco. Alemania necesitaba hombres fuertes como robles para levantar su imperio.

En la Alemania nazi, la abstinencia era un «deber nacionalsocialista». Desde 1943, se hizo ilegal para cualquier alemán menor de 18 años fumar en público. Y los ciudadanos aceptaron la situación. Escandalizados, con miedo a aquello que el régimen les vendía a través de discursos e imágenes.

Imágenes que relacionaban el tabaco con el desgaste de la salud, del pueblo, de la raza y de la fuerza del trabajo. Ilustraciones exageradas que vinculaban el hábito del tabaquismo con los judíos, gitanos, indios, homosexuales, negros, capitalistas, discapacitados, intelectuales y prostitutas. No podía ser de otra manera, ya lo gritaban los carteles antitabaco: el Führer Adolf Hitler no bebía alcohol y no fumaba. Su rendimiento en el trabajo era «increíble».

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Los mítines para «reeducar» a la población civil y a los militares; las conferencias, los congresos, las películas y la acción de las altas instituciones científicas del país; así como estudios y libros publicados por investigadores afines al régimen nazi servían de impulso, una vez más, para la lucha contra la nicotina.

Toda una amplia amalgama médica y de salud puesta al servicio de Hitler, con el apoyo de la Liga Antitabaco alemana. Desde el Instituto científico para la investigación de los Riesgos del Tabaco, creado por empeño y decisión férrea de Hitler; hasta autores como Fritz Lickint, escritor de «El tabaco y el organismo», quien acuñó el término de «fumador pasivo» tan extendido en nuestros días.

Pero también los periódicos y revistas que se crearon de forma específica para convencer a los lectores de los efectos negativos del consumo de cigarrillos.

El periódico Reine Luft (Aire Puro), la revista Der Tabakgegner (Los opositores del tabaco), y Deutscher Tabakgegner (Alemanes opuestos al tabaco) son ejemplos de una campaña sin precedentes.

Der Tabakgegner

 

La campaña se convirtió en un éxito. Un éxito que, sin embargo, no logró mantener en pie un régimen totalitario, que acabó ahogándose en sus propios delirios de grandez.

Un éxito – el de la lucha contra el tabaco – que, sin embargo, ha llegado a nuestros días. Unos días donde la lucha contra el cigarrillo se mantiene, se fomenta, prospera. Eso sí, sin que nadie se pare a pensar en su origen. Paradojas de la historia…

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Con información de:

Quhist.comMedicinayholocauesto.blogspot.com, Constitutionalistnc.tripod.com,Smokefreeliving.net,Davehitt.comNcbi.nlm.nih.govData-yard.ne.,

Vía yorokobu.es

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